Antonio López García

(Tomelloso, Ciudad Real, 1936)

Vista de Madrid (Museo Arqueológico desde la calle Serrano)

1962

óleo sobre tabla

122,2 x 244,3 cm

Nº inv. P01134


Esta excepcional tabla del artista, realizada en 1962, nos muestra el Museo Arqueológico desde la azotea de una vivienda de la calle Serrano. Será una de las primeras panorámicas urbanas —en las que la ciudad es protagonista— del artista, que se inicia en este tipo de instantáneas a principios de 1960, y que seguirá realizando, con evidentes variaciones, hasta la actualidad.
La obra mantiene todavía ecos de esa etapa surrealista que empieza a perder intensidad en 1960, cuando comienza a realizar sus conocidas vistas de Madrid, en las que la fidelidad a la realidad y el entorno que le rodea es cada vez más patente.
Hasta 1964, en las obras de Antonio López sigue presente lo que se conoce como
, en este caso concreto representado mediante la inclusión de esa pareja de enamorados, que —suspendida sobre un árbol— se besa. Un elemento imposible que incluye en la composición como si se tratase de algo normal y cotidiano, aportando a la escena un aire mágico e inquietante.
Lo privado y lo público conviven y entremezclan sus códigos. Lo que estaría sucediendo en el interior de la vivienda, la intimidad del momento, se muestra en el exterior como si formase parte del mismo, como un elemento más del espacio público. La ciudad y la calle se convierten en cierto modo en el decorado en el que se desarrolla esa escena íntima, en unos testigos mudos de lo imposible, cediendo de ese modo parte de su protagonismo.
La composición de todas las vistas de Madrid de esa época es muy similar, su formato es intencionadamente apaisado, normalmente de grandes dimensiones y tomadas desde un punto de vista alto. Por lo general, los edificios son los únicos testigos del paso del tiempo en esa ciudad vacía. Una ciudad habitualmente ruidosa y agobiante, lo que convierte la visión de esa insólita ausencia de vida en algo fantasmagórico.
La composición de estas vistas está claramente diferenciada en dos franjas: la superior queda vacía, reservada al cielo, mientras que la inferior la invade la arquitectura de la ciudad. Los cielos se tornan en rosas, amarillentos o azulados, según la hora del día que se represente, creando un importante juego de sombras. El lugar exacto de la ciudad resulta reconocible a través de los edificios que incluye.
La elaboración de estas vistas es larga y laboriosa, ya que requieren luz natural. Una luz que cambia según la hora del día y la estación del año, por lo que el artista se ve obligado a trabajar en una franja horaria y temporal muy reducida. Por ello, para el artista, “el cuadro nunca se termina. Siempre queda abierto. El cuadro se abandona porque se han encontrado dificultades insuperables, porque hay un plazo de entrega o una fecha de apertura de una exposición…” Este es el caso de esta vista de 1962, pues después de su incorporación a la Colección BBVA no ha sufrido modificaciones.