José Arrúe Valle

(Bilbao, 1885 - Llodio, Álava, 1977)

Frente al Banco de Vizcaya

1920

óleo sobre lienzo

66 x 120,8 cm

Nº inv. P01830


José Arrúe pertenece al grupo de artistas vascos que, a finales del siglo XIX y principios del XX, reivindican y exaltan con su pintura las tradiciones locales. A diferencia de otros pintores coetáneos, no pretende denunciar ni mostrar una realidad dramática, sino describir las costumbres desde la concordia y el humor, para plasmar no solo la tradición rural, sino también la evolución de la sociedad. Su producción, tanto pictórica como gráfica, ofrece un importante repertorio de las costumbres y personajes del País Vasco, siempre desde una mirada cómica y moderna, y con magistral destreza artística.

En este caso representa una escena cotidiana, captada a modo de instantánea, frente a la fachada del antiguo Banco de Vizcaya, importante edificio proyectado en 1903 por José María Basterra (1859-1932) –y demolido más tarde por necesidades urbanísticas−, acorde con la tipología de vivienda del ensanche durante los inicios del siglo XX. El lienzo presenta, enmarcados en un fondo nítido y reconocible, a una interesante galería de personas, donde se puede apreciar una variedad de momentos captados como si se tratase de una fotografía. Partiendo de una composición muy estudiada, que transmite perfectamente la agitación del día a día en la ciudad, muestra un repertorio iconográfico en el que la tradición rural se integra con la modernidad. Los aldeanos, sorprendidos por el crecimiento urbano, aparecen mezclados con personajes propios de la urbe, principalmente mujeres vestidas siguiendo la moda de los años veinte introducida en el país después de la Primera Guerra Mundial. Esta pieza se convierte así en testimonio visual del momento histórico en el que ambos sectores empezaban a convivir con naturalidad.

Desde los inicios de su trayectoria, su trabajo como ilustrador orientó definitivamente su estilo y su obra. Este lienzo es un claro ejemplo de su habilidad como dibujante, así como de su gran capacidad de observación, que le permite realizar una crónica gráfica del momento con un toque de humor, muy acorde con su personalidad. Destacan la calidad cromática y la armonía pictórica −conseguida gracias al uso de colores planos, contrastados y depurados−, reforzadas por su riqueza lumínica, confluyendo todo para ofrecer una escena que denota una exquisita sensibilidad. Como se aprecia en esta pintura, el objetivo principal de su producción era mostrar instantes de la vida cotidiana vasca a través de un costumbrismo apacible, preciso y espontáneo. Así, Arrúe logró establecer una conexión directa con el público de la época, lo que le proporcionó éxito a lo largo de toda su carrera.